Presencia de la muerte en José Martí.

Por Joel James Figarola

Notas de la Sociedad Espiritista Cubana

No tengo suficientes elementos de juicio para ponderar hasta dónde José Martí, estuvo cerca del conocimiento directo, indirecto o referencial del pensamiento espiritista, con mucha fuerza en las décadas finales del siglo pasado en Europa, o alcanzó a conocer el pensamiento Kardeciano el cual para ese entonces poseía un grado apreciable de difusión. Dada su irrecusable curiosidad por todas las manifestaciones del conocimiento humano y su pormenorizado dominio de los anuncios de pensamiento que ocurrían en cualquier momento en los más variados puntos del hemisferio, y hasta del mundo, es de suponer que no careciese de información sobre el tema; en favor de lo cual inclina a pensar, además, tanto afirmaciones a veces recurrentes en sus diferentes exposiciones teóricas, como giros metafóricos y recursos de asociación utilizados con alguna frecuencia. No obstante considero como precipitada y poco ajustada a comprobación la afirmación muchas veces repetida tocante a su supuesta filiación espiritista, que creyentes de uno u otro cuño han tenido a bien formular. Martí en este asunto, según creo ver, se comportaba al igual que en muchas otras ramas del saber: se informaba profusamente y caminaba con pasos propios en el sentido que su también propia inteligencia --dentro de la cual debemos incluir un oculto sentido instintivo apreciativo de las cosas-- le indicase. Tal actitud era en Martí profundamente orgánica y cabalmente funcional --consecuente con una voluntad ecuménica de recibir y resumir-- y es también apreciable en campos aparentemente tan distantes como la filosofía, las artes, la política y la economía.

Sin renunciar a tratar ulteriormente con la profundidad y la amplitud que el tema de la presencia de la muerte, como concepto o categoría, en su obra merece y requiere, desearía por el momento dejar planteadas algunas proposiciones relativas a lo que supongo constituyen aperturas teóricas cardinales del Apóstol sobre el asunto.

Su concepto de la muerte no está alejado sino en el centro mismo de su espiritualidad --que por otra parte no era una organizada filiación gnoseológica aunque si una contenida y coherente actitud de conocimiento--, que dibuja su específica manera de apreciar y asumir la realidad entendida ésta en una amplitud fuera de lo común; entendida como capaz de incluir componentes muy diversos de los ámbitos físicos, sociales e históricos, simultáneamente con determinaciones muy preciadas de su propia interioridad como hombre y de su poder y su gracia como creador.

Sólo desde esta perspectiva pueden comprenderse su apreciación de la muerte como recompensa, e incluso como vida verdadera --punto éste de mayor cercanía con el espiritismo convencional y con el cristianismo ortodoxo-- así como determinadas sugerencias suyas en torno a la reencarnación.

Esta espiritualidad ha de ser vista a su vez en relación con la circunstancia histórica, y aun diría que con la vocación y la voluntad de Martí, propiciadora de una definición del sufrimiento como contingencia inevitable en la consecución de aquello que se asume como vital de ser, en lo social y en lo individual; y también simultáneamente, como único recurso de mejoramiento humano. Creo que ambas consideraciones eran presupuestos de conducta muy bien pensados en Martí y altamente jerarquizados dentro de la estructura de valores éticos visible a lo largo de su obra escrita o no; y considero además que en esta, búsqueda del sufrimiento más que aceptación, se encuentra nada escondida su decisión de hacer coincidir, señal a señal y palmo a palmo, su vida con la de su pueblo así como sus deseos, sus propósitos y sus desvelos y sufrimientos.

En esta determinación de consubstanciación radica --y es algo sobre lo cual siempre he estado persuadido-- su espontáneo espiritualismo que a ratos inclina a pensar en panteísmo, su idea de la muerte y su paralela idea de la vida.

Esta concepción del sufrimiento como vehículo del perfeccionamiento es pues, a un tiempo, tanto una proposición ética como una apertura de teoría de la historia --que no tiene por qué conducir a un evolucionismo mecanicista-- y sugiero que ambas entidades remiten, dentro del afán de comunión martiana antes señalado, a un presupuesto de participación que deriva no sólo de una mentalidad colectiva cubana sino también de un amplio carácter psicológico americano, dentro de las cuales el sufrimiento acumulado, precisamente, obra con fuerza diferenciante. Con conciencia de que el conglomerado humano al cual pertenece vive en la muerte, la muerte personal no ha de ser asumida por Martí, no podía serlo, como algo a rechazar o como algo de lo cual huir.

La identificación martiana de la muerte --y de la naturaleza humana-- con la luz, no es solamente un esfuerzo de conocimiento de calidad poética sino, sobre todo, en su cercano emparentamiento con una aceptada capacidad de premonición, significa un indicador tanto cultural como histórico. Cultural porque ese rango superior de certidumbre otorgada a la intuición, al descubrimiento sin signo que lo anuncie, al margen de evidencias razonadas, sino más bien por contacto o compenetración, por comunión emocional en un registro no asible por la razón, es una peculiar manera cubana de integrar y valorar los espacios y los acontecimientos dentro de los espacios, todo ello con una débil sujeción determinativa a lo temporal. La cultura cubana más auténtica es una cultura que conoce en los planos más profundos y menos visibles de la existencia cotidiana; una cultura que adivina, que se adelanta al acontecer. Por supuesto que toda esa predisposición gnoseológica --con correlato nada despreciable en la axiología-- posee su fundamento en la textura social históricamente dada de nuestro pueblo, virtud de un complicadísimo proceso de acciones de distintos signos no sólo políticos y económicos sino también étnicos y demográficos. Semejante manera anticipada de captar la realidad se hace en Martí conciencia y voluntad --"adivinar es un deber de los que pretenden dirigir" es una afirmación suya de las muchas en esta dirección-- por imperativo de nuestras propias urgencias independentistas, sintetizadas en una magnitud fuera de toda comparación hasta entonces, en circunstancias en que distintas partes del mundo se enconaban sobre nosotros y, de hecho, contra nosotros.

Este mirar adelante, esa angustia por ver más y por ver primero, semejante penetración intuitiva de conocimiento, no es un vivir fuera de presente; todo lo contrario. Lo conocido por anticipado se incluye en lo actual en una dimensión que alcanza la domesticación de la muerte cuyo develamiento es, en definitiva, en términos de esencias y no de coyunturas, el conocimiento de futuro por excelencia.

Esta capacidad de horadar en el futuro, de iluminar la oscuridad del misterio de lo desconocido pero aún no-sucedido, se encuentra, pues, en el fundamento central del tratamiento martiano sobre la muerte que al igual que en otras zonas muy señaladas de nuestro carácter cultural nacional, no es en modo alguno un tratamiento vergonzante o transido de miedo, sino una aproximación familiar, natural y amable. Ahora bien todo ello concurre pero sin júbilo ni alegría alguna como pudiese suceder en expresiones expiatorias o mesiánicas, sino con una cierta añoranza, como con una triste ternura hacia lo que se abandona al morir, que se presenta como indicadores del alto grado de solidaridad social muy característico del pueblo cubano. José Martí, no sólo por su factura virtuosista, es un exponente muy alto de las potencialidades subyacentes de nuestra cultura, cubana y aun diríamos que americana, entrañablemente enlazado con los componentes más profundos de nuestra mentalidad social, aquello visible como un subconsciente colectivo estrechamente dado en términos étnicos con el mayor alcance de este concepto.

Siempre he recibido de José Mari la impresión como de un hombre en constante búsqueda de un espacio propio --físico y espiritual-- sin encontrarlo nunca; hay un cierto no sentirse bien en ninguna parte en el Apóstol, una carencia de zona conciliada de estar, una amargura de desacomodo que se corresponde con la desorientada circunstancia finisecular de su pueblo. No poseo una mejor manera de aproximarme a esa vinculación estrecha que se da en Martí entre biografía e historia, que con estos señalamientos.

Las ideas de muerte y de pueblo en Martí tienen más de un punto en contacto. Ambas son entidades de donde se surge y hacia donde se regresa; ambas son realidades que un hombre cabal tiene que asumir consecuentemente y sin miedo; ambas son razones superiores a cualquier singularidad individual; ambas constituyen el terreno de la trascendencia.

Precisado a contestar me inclinaría a pensar en que Martí se encontraba más dentro de una visión judaica de la resurrección que dentro de una perspectiva cristiana; el Apóstol, según lo entiendo, está más cerca de una certidumbre de resurgir en su pueblo que de continuar viviendo en la sustancia de un Dios único.

Los grandes hombres públicos cubanos, tanto del XIX como del XX, se han trazado a sí mismos siempre objetivos muy por encima de las más íntimas posibilidades, reales, tanto suyas como de la propia sociedad cubana en cada situación concreta. Este adelantarse mucho, este apresurarse y apresurar, también lo asumo, en una proyección óntica fantástica, como acercamiento a la muerte, bien entendida como muerte política, como muerte física, o como ambas. No se debe perder de vista, por otra parte, que la anexión o la integración sin variantes colectivas cubanas del suicidio como Nación; y que el suicidio, como alternativa de holocausto personal, ha sido un lugar --de palabra o de hecho-- muy recurrente en nuestra vida política.

La voluntad fundacional en Martí se expresa en extremos aparentemente tan alejadas como la síntesis crítica y sistemática de toda la cultura occidental --y aún diría que mundial-- para obtener, por decirlo así, una experiencia del pensamiento aplicable en profundidad a la práctica independentista cubana y americana; y en la búsqueda del equilibrio de los factores constitutivos de la sociedad y la nacionalidad cubanas a través de una, hasta entonces, desconocida variante de práctica política.

Si el andar consecuente en una dirección lo conducirá al descubrimiento de la naturaleza imperialista de los EE.UU. por análisis crítico de la conducta política --y la teoría en ella subyacente-- en ese país y sus tremendas deformaciones en la vida pública; la búsqueda ininterrumpida en el segundo sentido, su permanente actitud de descubrimiento hacia las cosas y las gentes de su tierra, le mostrarán cuán difícil era organizar para la libertad la existencia de una sociedad creada para la esclavitud: hasta qué punto los factores constitutivos que el pretendía institucionalmente poner en equilibrio se encontraban en encuentro enconado, llenos de prejuicios, y en ocasiones casi irreconciliables.

A los historiadores la justa ponderación del tiempo suele jugarnos malas pasadas; a veces el tiempo obra ante nuestros ojos como un cristal deformante que nos impide --casi siempre por prevalecimiento de las perspectivas actuales de valor-- apreciar y ponderar en su exacta justeza, las realidades anteriores sujetas a análisis. Tal sucede con el tremendo peso de las fuerzas centrífugas, antinacionales, presentes de manera paralela, y de forma cada vez más pugnaz y creciente, con la lucha armada en favor de la independencia iniciada el l0 de Octubre del 68. El integrismo y el anexionismo en sus distintas variantes crecieron siempre como alternativas al separatismo y allí donde éste se vió más cercano de obtener la victoria, más aviesas se hicieron las maniobras desnaturalizadoras.

Pero no son sólo a esas fuerzas de la traición a las que nos referimos --que no eran ciertamente las que más preocupaban a Martí-- sino aquellas otras fuerzas disociadoras que surgían de manera propia y natural, que tenían obligadamente que surgir, dentro del propio campo insurrecto, sin merma de sus indiscutibles intencionalidades independentistas; obrando contra sí mismas, contra sus más importantes razones de ser.

Desde la perspectiva nuestra de hoy, con una nación seriamente establecida sobre sus propios sillares, labrada a mano y sangre por varias generaciones de revolucionarios en permanente combate desigual frente a enemigos de diferente oriundez pero igualmente empeñados en su voluntad de someter a la isla, con una solidaridad social interna difícil de encontrar en otro punto del planeta, la idea de una nacionalidad cubana fragmentable y fragmentada --aun cuando referida a cien años atrás-- nos resulta difícil de asir; casi incomprensiblemente.

Pero lo cierto es que la práctica colonial y esclavista marcaba con diferencias profundas y muy difíciles de salvar, el cuerpo social cubano entendido éste, en relación con las individualidades integrantes, como factualidad externa, objetiva, y como sicología colectiva, como código de valores prefigurando y validando conductas.

No se piense que la afirmación hecha en el párrafo anterior presupone que las secuelas de estas circunstancias enajenadas y de extrañamiento, hayan dejado de estar presentes totalmente en la actualidad. En absoluto. En lo profundo de nuestro ser nacional las huellas del latrocinio aún permanecen dibujando una amenaza, no por invisible menos latente, de muerte como país por divisiones y contradicciones internas. Y este es un extremo sobre el cual es necesario convocar al estudio, al diálogo y al debate.

Claro que en vida de Martí el riesgo no era riesgo sino hecho consumado al cual no era ajena una voluntad consciente de las fuerzas dominantes; la división del pueblo cubano era un resultado de la proyección abarcadora de las relaciones de producción, pero también lo era de una bien pensada e instrumentada política de pro españoles y pronorteamericanos para inmovilizar una proposición de carácter social derivada del requerimiento de las avanzadas populares de superar esas relaciones y esa división; derivada de la voluntad de construir una respuesta integradora e independentista a ellas; y esa política fue tan efectivamente llevada a la práctica que en más de una ocasión logró imponerse con éxito. Con lamentable y prolongado éxito.

Cuando se afirma que la principal línea de acción de Martí era la de unir al pueblo cubano, se está diciendo una verdad absoluta que, sin embargo -- por las razones apuntadas antes--, es difícil ponderar hoy en toda su importancia. En este caso unir equivale a crear, a fundar, sobre la base de los antecedentes levantados por las guerras anteriores --en particular la del 68 al 78-- pero además, y fijémonos bien en ello, a unir por encima de las diferencias construidas o agrandadas por los propios esfuerzos independentistas anteriores.

Porque el extrañamiento del cuerpo dominado que origina la dominación conduce a esos absurdos y a esos sin sentidos; conduce a que dentro de la propia naturaleza de lo que se es, crezcan como abscesos malignos tendencias contrarias a las propias fundamentaciones del ser. La perniciosa tendencia al contra sí --a la muerte por contra sí-- sobre lo cual hemos hablado antes y volveremos más adelante.

Así pues Martí se enfrentaba al enconamiento antagónico de factores constitutivos cubanos no solamente dados por las diferencias entre blancos y negros y mestizos, por descendientes de esclavos o de esclavistas, de criollos o de peninsulares, de nacidos en una región o comarca u otra; sino también por las discrepancias entre veteranos de las contiendas anteriores y no veteranos, y las también diferencias derivadas de celos de jefaturas o caudillismos llevados más allá del último disparo de los combates; todo ello en un contexto de disputa internacional por el dominio de la isla entre grandes potencias, algunas reconocidas como tales, otras emergentes.

La virulencia de las fuerzas centrífugas era de tal envergadura que se presentan al análisis histórico y psicológico como casi imposible de ser solucionadas, o al menos conciliadas, en términos humanos, en el espacio limitado de la breve vida de un hombre e incluso de más de una generación.

Debo decir que desde mi punto de vista, Martí muere sin haber alcanzado totalmente este objetivo, pero sí habiendo logrado todo lo que se podía haber logrado dada la especificidad contextual en que se encontraba.

El desequilibrio entre las acechanzas externas y la incapacidad --por falta de cohesión-- interna para enfrentarlas, unido al hecho de que las fallas de integración colectiva a que nos hemos referido no eran susceptibles de superación por razonamiento --por más brillante que éste fuere--, ni por apostolado de la palabra --por más sistemático que pudiese ser--, impedía que la acción unitaria y fundacional en términos políticos circunstanciales fuese suficiente para salvar las diferencias. Ello solamente era lograble en el ámbito críptico en que la cultura nacional se forja, en el terreno de las emociones y los sentimientos, en el proceso de construcción de un pasado común y de una común voluntad de futuro; en la cabal elaboración de un etnos cubano con una teoría política explicativa de sí mismo.

Martí procura, dedicando a ello toda su vida, conjurar los riesgos de una muerte nacional cubana por absorción o dependencia --la muerte por asimilación de Cuba a EE.UU.. --, o por desequilibrio entre los elementos propios y naturales de la cubanía. En Martí la búsqueda del equilibrio social cubano marcha pareja y entrelazadamente con la defensa frente a los riesgos de anexión. La independencia ha de hacerse, en el momento en que se haga, para evitar que con una prolongación de la dominación española, el riesgo de desmesura de algún elemento formativo sobre los otros llegase a ser insalvable y con ello viniese a más inminente, y como históricamente inevitable y hasta lógica, la anexión del país a EE.UU.. con lo cual ocurriese la desaparición como pueblo, del pueblo cubano.

Decimos que a ello dedicó toda su vida pero debemos agregar, sin propensión mística alguna, que en este sentido también se encuentra su muerte. En términos de vida alcanzó instrumentar un grado de conciliación cubana capaz de una arremetida final contra España e inicial contra el imperialismo naciente; y en términos de muerte inscribió su propia biografía y la guerra por él comenzada en el conjunto de los signos referenciales cubanos como entidad singular e independiente.

Nos encontramos en la zona de las mentalidades, de la importancia y las dificultades de las mentalidades, que a no dudar constituye uno de los aspectos más difíciles de penetrar, o al menos de aproximarse, en todo el espectro abarcado por las distintas ciencias que procuran explicar al hombre.

Las diferentes mentalidades que enfrentaban a cubanos contra cubanos era necesario resolverlas en una mentalidad única que solidarizase a unos con otros. Las tremendas razones originarias de las diferencias, obligaban a motivaciones unitarias y de hermanamiento de superior estatura; y éstas sólo eran localizables, por desgracia, en el marco de contiendas bélicas de interés común y a través del registro de las emociones. Tal como se presentaba el caos de la cubanía, la vinculación emocional en el combate, y ulteriormente por los resultados del combate tanto en el sentimiento personal como en la memoria colectiva, era lamentablemente el único camino posible a recorrer para la culminación fundacional del país. Dadas las peculiaridades de su sociedad y las relaciones internacionales, en Cuba la guerra por la independencia era justa y necesaria; y así la calificó Martí. Por la vocación hegeliana y evolucionista del autonomismo, por el supuesto perfeccionamiento institucional pacifista, sólo se hubiera llegado más temprano que tarde al anexionismo

Sucede que era necesario hacer coincidir en lo social y en lo personal los resultados casi telúricos de la acción bélica pero, al mismo tiempo, situando ésta dentro de una doctrina de bondad y beneficio, con alta eficiencia y con ausencia de odios, capaz de constituirse, como doctrina, en un nuevo presupuesto cohesionador más allá del final de la contienda.

La peculiar y funesta tendencia al contra sí, que señalábamos antes, tiene su origen --estoy persuadido de ello--, en la mentalidad eminentemente egoísta generada por la esclavitud; egoísta el amo que procura sacar todo el provecho personal posible de la explotación de sus semejantes, y egoísta el esclavo --con un egoísmo obligado por la atroz represión pero egoísmo al fin y al cabo-- que procura casi siempre primero sobrevivir como individuo antes que como grupo, sector, o comunidad. El contra sí es una variante colectiva muy cubana del suicidio. En términos cubanos las revoluciones, y en general todos los movimientos de mejoramiento social y nacional, han sido destruidos desde dentro, por la acción encontrada de componentes propios.

Esta mentalidad del contra sí, se sostiene sobre un no razonado supuesto teórico de supremacía de lo transitorio sobre lo permanente, de aprovechamiento de lo inmediato, de supeditación de lo importante a lo urgente, de confusión del deseo con la necesidad, de lo imaginado con lo real; todo lo cual le otorga un cierto carácter de superficialidad a lo existente, excepción hecha, precisamente, de la muerte. Dada la huella de la esclavitud en la cubanía, todo lo que se presente como serio y profundo en términos cubanos necesita ser refrendado por la muerte. Consciente o no de la existencia de esta categoría, Martí procurará evitar la acción corrosiva del contra sí elevando la mentalidad del cubano, como gente y como pueblo, a niveles irreversibles de defensa de lo propio por conciencia de solidaridad colectiva, y con su vida y con su muerte logró situar esta posibilidad en espacios alcanzables tal como, en efecto, serían más adelante alcanzados.

Digo --su muerte, con toda propiedad y justeza aun cuando rechace, como rechazo, las repetidas y peregrinas suposiciones sobre un suicidio suyo inimaginable en un hombre como él, profundo conocedor de su propia valía y de su alta responsabilidad comenzada, como él mismo señalase, con el inicio de la guerra.

Pero parece fuera de toda duda que Martí no podía dejar de combatir en la primera oportunidad que se le presentase en la manigua cubana, y esa primera oportunidad fue, precisamente, la de la batalla en Dos Ríos en la cual, obviamente, no se encontraba adecuadamente preparado para salir con vida.

Propongo que las circunstancias de su muerte --su despedida de la vida, cosa esta que parece ser lo mismo pero que en realidad no lo es-- están constituidas por los acontecimientos, aun en lo nimio siempre trascendentales, recogidos en las últimas páginas de su Diario de Campaña y su correspondencia de esos días inmediatos anteriores al l9 de Mayo, además de lo acaecido en la aciaga tarde en la unión entre los ríos Contramaestre y Cauto.

Desde el encuentro con el Mayor General Antonio Maceo el 5 de Mayo, las anotaciones en el Diario de Cabo haitiano a Dos Ríos son cada vez más abundantes y detenidas en lo referente al tributo y cálido reconocimiento brindado a él por las gentes humildes del pueblo quienes espontáneamente le llaman -Presidente, y en lo referente además a sus íntimos --y casi nunca compartidos con nadie aun cuando sentidos desde muchos años atrás-- recelos hacia el riesgo de un encumbramiento militar en Cuba, por encima, y a expensas, del elemento civil en el campo insurrecto. No me voy a extender en el reconocimiento histórico de esta desconfianza martiana en el arranque del 95, cosa que en alguna ocasión anterior ya he realizado. Baste, a los efectos de las consideraciones que pretendemos desarrollar, dejar bien sentado que se carecía de razones para sospechar de intenciones dictatoriales tanto por parte de Gómez como de Maceo, y los años posteriores así lo habrían de demostrar fehacientemente. En cambio si existían estas pretensiones de cerrado dominio político en los más conspicuos representantes civiles de la revolución --consecuentemente con sus antecedentes pactistas del 78-- como Salvador Cisneros Betancourt, o el propio don Tomás Estrada Palma a quien Martí prácticamente había designado como su sucesor. Así, pues, el riesgo vislumbrado por el Apóstol no estaba donde él creía sino muy por el contrario, entre quienes él consideraba sus aliados para, enorme contradicción, conjurar precisamente el riesgo.

Digo más; a la luz de la documentación que he podido consultar y de los testimonios orales que he tenido la suerte de conocer --en ambos casos la mayor parte de las fuentes en cuestión se mantienen inéditas-- puedo afirmar que Martí, desafortunadamente, muere con cierta desconfianza, en el sentido ya señalado, hacia Gómez y hacia Maceo pero que en estas dos grandes figuras, en cambio, no hubo hacia Martí ningún prejuicio ni recelo aun a sabiendas de que esa desconfianza existía. ¿Qué impedía a aquellos hombres hablar con toda claridad empeñados como estaban en una causa común que los sobrepasaba? Martí era diez años más joven que Maceo y casi veinte más que Gómez; era un conspirador y un tribuno mientras que los otros eran guerreros a campo abierto; era un bisoño en la guerra mientras los otros eran veteranos de una década con las armas en la mano. No cabe dudas. La maldita tendencia al contra sí se expresaba también en quienes estaban llamados a contenerla y a exorcizar al país de su endemoniada y contumaz recurrencia.

Toda esa desconfianza llevada en silencio se unía al silencio --y en este caso Martí si acertaba históricamente-- conque conducía las iniciativas para enfrentarse, en el acto mismo de su nacimiento, al imperialismo yanqui emergente; tal como le decía a su hermano mexicano Manuel Mercado, todo lo que había hecho y haría era para eso, para impedir a tiempo la caída del expansionismo norteamericano sobre las tierras de América. Un silencio y otro, aquél en que tiene razón y aquél en que la razón no lo asiste, marcan de silencio y de incomunicación la muerte del Apóstol. ¿Murió, además de por las balas españolas, por silencio y por incomunicación? ¿De no haber sido tan cuidadoso con su verdad, que él consideraba, y en parte lo era, la suprema verdad, hubiese sido el desenlace como lo fue? ¿Y si hubiese confiado a Gómez y a Maceo sus conclusiones sobre la naturaleza depredadora yanqui, la coincidencia de esos criterios superiores con ellos no hubiese contribuido a borrar la desconfianza hacia ellos? Porque duele constatar que, sin el examen en rigor hecho por Martí, en lo profundo Gómez y Maceo también veían en EE.UU.. un enemigo a la causa cubana. La incomunicación --y el silencio --eran pues, entre elementos coincidentes; y esto dibuja con mayor nitidez la nocividad del contra sí. La muerte por silencio y por incomunicación, aun entre entidades humanas e históricas afines, es desde ese entonces una variante de muerte con lamentable recurrencia política en Cuba.

Deseo aproximarme a esta muerte mayor entre nosotros, como es la muerte de Martí, desde otro ángulo. En la concentración de tropas realizadas en la mañana del día l9 --pocas horas antes de su muerte-- Martí habla a la tropa luego de Bartolomé Masó y de Máximo Gómez en términos de que hasta ese momento había vivido como en vergüenza, en clara referencia a su nunca realizado deseo de enfrentamiento con las armas en la mano a los enemigos de la independencia. Como era ya costumbre las fuerzas reunidas lo aclaman y vitorean sus palabras, y la acogida que tiene entre los combatientes lo compromete, de manera adicional a su voluntad, a participar activamente en el primer hecho de armas que se presente --y que él no sabe tan inminente aunque Gómez sí--; por otra parte, marchan hacia el Camaguey para la institucionalización de la revolución y la constitución del gobierno de la República en Armas; él sabe, puesto que se ha conversado al respecto, que una alternativa muy posible es que tenga que regresar al extranjero para impulsar tanto el envío de recursos al campo insurrecto como el reconocimiento internacional de la beligerancia ¿Iba el Apóstol a regresar a la emigración sin un aval de combatiente adquirido en la práctica? ¿No estaban, además, demasiado fresco aún señalamientos e imprecaciones capciosas?

Aun cuando Gómez desde hace días viene siguiéndole la pista a la columna enemiga de Jiménez de Sandoval la cual conduce un convoy a la ciudad de Palma Soriano, hay un momento en que este coronel español, muy experimentado en la lucha contra los mambises cubanos y con una agudeza excepcional en cuanto al uso de la información militar, parece tomarle la iniciativa al viejo dominicano, --a quien por otra parte le conoce sus modos de hacer la guerra-- logra por varios prisioneros ubicar la posición del campamento insurrecto y su disponibilidad de hombres y armas y se convierte, de perseguido y emboscado, en perseguidor y emboscador. En el instante en que Gómez da la orden de cruzar el Contramaestre crecido por las lluvias recientes, para precipitar el combate ya inevitable y con ello procurar, a su vez, quitarle la iniciativa al enemigo, la situación se presentaba tremendamente comprometida para los cubanos. Luego el propio Máximo Gómez lo reconocerá así.

Con los primeros disparos el instinto guerrillero de Gómez, su segunda naturaleza como hombre de acción, se impondrá a cualquier otra urgencia y en cuanto a la seguridad de Martí sólo atinará a ordenarle -Quédese Ud. a retaguardia, según unas versiones o -manténgase conmigo, según otras; el propio Generalísimo nunca estará seguro después de lo que, en realidad, le había ordenado al Apóstol. En la práctica, daba lo mismo. En la retaguardia no se hubiese quedado nunca por las razones ya expuestas; junto a Gómez le era imposible mantenerse por su impericia como jinete y como combatiente. Lo difícil de la batalla --a todas luces una derrota mambisa-- le impediría a Gómez volver a pensar en Martí hasta el aviso de su desaparición, que en realidad nunca fue de su muerte.

Ahora bien, por necesidades operativas imprevistas del enfrentamiento, el ayudante de Martí, el joven Ramón Garriga, es relevado de esas responsabilidades para servir como enlace directo entre los Generales Gómez y Masó; el cotejo de versiones hace pensar que el bisoño Ángel de la Guardia --caído dos años más tarde con los grados de Tte. Coronel en la toma de Las Tunas-- en realidad y contrariamente a lo muchas veces afirmado luego de terminada la guerra, no estuvo en esos últimos instantes junto al Apóstol [1]: téngase en cuenta, por otra parte, que en un combate de líneas irregulares como era aquél, en un pastizal lo suficientemente alto como para tapar un hombre de pie, y en ocasiones hasta a caballo, para alguien no bien fogueado las referencias de donde está el enemigo y donde los compañeros, se pierden totalmente; incluso los disparos no se saben --o no se pueden saber-- distinguir de la dirección de la cual vienen y a cual bando pertenecen. Haya cargado, en una carga personal y quijotesca, contra los españoles o haya perdido el dominio de su cabalgadura abalanzándose ésta sobre las líneas contrarias, lo cierto es que Martí muere en soledad.

Luego de distintos peritajes realizados a lo largo de casi un siglo, están corroboradas las tres heridas recibidas y la trayectoria de cada uno de los proyectiles que los originaron. Una herida de bala con orificio de entrada en el cuello y salida por el labio superior en su lado izquierdo; otra con entrada en el puño del esternón y salida por la escápula izquierda; otra que le destruye los huesos de la pierna derecha a la altura de su tercio superior con entrada por la cara anterior.

Los peritos consideran que el primer impacto debió haber sido el del pecho, y en la posición erguida y con la cabeza hiperextendida hacia atrás que éste debió haber originado, se recibió el del cuello; el de la pierna ocurrió cuando el cuerpo, dos veces herido, iba cayendo de la bestia y en el transcurso de la caída la extremidad inferior derecha, en efecto, sobrepasó la altura del lomo del caballo. Detenidos estudios conducen a la certidumbre de que la muerte por esas heridas debió haber ocurrido por una combinación de hemorragia interna --por la herida del pecho-- y asfixia por bronco-aspiración producida por el impacto del cuello.[2]

Por otra parte, y si tenemos en cuenta que la cabalgadura también fue herida, nos percataremos de que Martí fue agredido a mansalva y con fuego graneado y desde más de una posición por parte de los agresores, dado que la herida de la pierna tuvo que ser ocasionada desde un ángulo distinto a aquél desde donde se le causó la de la cabeza y el pecho.

El reconocimiento de todas estas circunstancias concretas --a las que se debe sumar el desconcierto de Gómez ante la tremenda tragedia, quién no logrará darse a sí mismo una explicación suficientemente convincente de lo sucedido-- nos evidencia en qué profunda medida Martí murió en soledad. Con toda probabilidad de haberse encontrado acompañado el fuego de los guerrilleros al mando del renegado Oliva no hubiese podido concentrarse sobre él y, con independencia de haber sido herido y hasta muerto, riesgo por demás natural en cualquier enfrentamiento de ese tipo, su cadáver no hubiese quedado, como quedó, en manos enemigas.

La soledad de su cuerpo abatido entre un dágame y un fustete en la unión del Contramaestre con el Cauto, tiene mucho en común con la incomunicación y el silencio formando parte de un contra sí cuya presencia es constatable en otras encrucijadas de la historia del pueblo cubano, casi siempre situadas en la divisoria de las aguas de situaciones límites, tal como en propiedad era aquél atardecer de Mayo.

En Cuba siempre ha existido una suerte de sentimiento popular de deuda hacia Martí, al margen del culto sensiblero y desnaturalizador que una burguesía venida a menos pretendió instaurar en torno a su memoria, a su obra y a su pensamiento. Considero que hay correspondencia entre la soledad de su muerte y ese sentimiento espontáneo de la gente, como si todos ellos deseasen --venciendo la lógica del tiempo y la desaparición-- hacerle compañía. En la unánime compañía de todos los cubanos de entonces y de después murió solo. Esta soledad era consonante con su sentido cósmico de la existencia.

¿Hasta dónde era trágicamente inevitable su soledad? ¿Iba su apostolado demasiado por delante de sus compatriotas? No lo sé. Pero en rigor no podemos dejar de subrayar que Martí perseguía, en última instancia, la independencia espiritual del pueblo cubano --que presupone la existencia de individuos, como ciudadanos, concientes de sí mismos-- requisito sin el cual, al decir de Kant con quien en más de un punto se encontraba cerca el Apóstol, no era posible la obtención de ningún otro tipo de independencia. De aquí su erudito ejercicio de reconocimiento de la cultura universal, y su mirada siempre detenida en las razones físicas y humanas de nuestra composición como sociedad. Ambas preocupaciones coinciden en la búsqueda de las adecuadas y peculiares formas de manifestarnos --en política y en sociedad-- consonantes con las singularidades de nuestra naturaleza. ¿No había para su código de pensamiento un lenguaje equivalente posible? Quizás; pudiera ser; mas aún, en un caso como ese, semejante no-correspondencia contendría elementos de incomunicación, silencio y soledad obrando por anticipado en el dibujamiento de su muerte y de otras muertes antes y después de la suya.

No hay ningún otro acto o hecho humano en la historia de Cuba en el cual la dinámica del acontecimiento y el significado del acontecimiento posean semejante capacidad de resumir y de anticipar; de definir los direccionamientos más aspirados de las conductas individuales y su resonancia en el contexto colectivo en que se produjo, y en los contextos también colectivos ulteriores.

Hay una cifra de amplia proyección ética en la caída en Dos Ríos que al no encontrar ninguna consagración pública en los años inmediatos y mediatos posteriores, puede ser uno de los nutrientes de ese sentimiento de deuda --que no de culpa-- hacia Martí por parte de la sociedad cubana señalado párrafos atrás.

Dada la composición de lugar que hemos podido ir construyendo me inclino a pensar como algo más que prudente que el Apóstol supo que iba a morir antes de, ciertamente, ser muerto.

A contrapelo de cualquier opinión contraria generalizada más o menos, esto no suele ser frecuente en el trascurso de acciones combativas violentas. Antonio y José Maceo en el 96, por ejemplo, o Ignacio Agramonte antes, en el 73, morirían, por las circunstancias concretas de los enfrentamientos en que caen, sin conciencia de que estén --por decirlo así, y fíjense bien que no se está hablando de conciencia del peligro-- en irremediable proceso de morir.

Martí si, y Céspedes también y con mucha más claridad que el propio Martí aunque en ambos casos semejante conocimiento se presenta con signos diferentes, más cercanos al orden de lo trágico en el segundo y al orden de lo profético en el primero, para quien los segundos finales de su existencia --en la confusión de la tangibilidad de la muerte y de la vida-- se encontraban penetrados de una trascendencia óntica con tremenda fuerza definidora.

La llegada de la muerte a través de la vida --no por simple interrupción de la vida-- se asume o entiende en la cultura cubana, con una calificación narrativa de la sustancia de todo acontecer, de la naturaleza del movimiento de nuestro espíritu nacional. Los momentos de muerte conscientes de la muerte, constituyen excepcionales --aun cuando fugaces-- instantes de atisbo en lo íntimo y propio.

Céspedes y Martí como antes Varela y Luz y posteriormente Guiteras, Chibás, Abel Santamaría y Frank País, pueden constituir ejemplos de ello.

Pero por ahora estamos hablando de Martí y debemos mantenernos centrando nuestra atención en él, no sin antes dejar al menos señalado que ese tránsito recorrido de la vida a la muerte es un lugar reconocible aun cuando no con facilidad, en lo mejor de nuestras tradiciones orales al igual que en exponentes nada despreciables de nuestra música y nuestra literatura de ficción, así como en los más conspicuos sistemas mágico-religiosos construidos por cubanos. En relación con estos últimos, por ejemplo, semejante presencia es reconocible en situaciones litúrgicas tan diferenciadas, a más de bien conocidas, como las distintas variantes de iniciación; de desplazamiento de la personalidad dentro de la gama, más o menos amplia, de formas de trance o posesión; así como en los ejercicios adivinatorios sobre todo en aquellos que comportan o exigen mayores complicaciones técnicas, casi siempre acompañadas de solicitudes místicas de ayuda a instancias divinas tenidas por específicamente superiores para estos menesteres.

Las muertes de silencio y soledad comportando expresiones por si mismas, separadamente, o de manera conjunta, son siempre asumibles como muertes cubanas por incomunicación que constituye una forma de morir muy dentro de nuestro carácter nacional y --como categoría integradora de una específica sicología y una concreta circunstancia social-- se corresponden con la capacidad de premonición siempre presente en los atisbos apresurados de la muerte próxima, al igual que en los mejores exponentes tanto de nuestras tradiciones como de nuestro pensamiento abstracto conscientemente elaborado, o nuestra narrativa y nuestra poesía.

La capacidad cubana de premonición es una manera de expresarse la muerte en nuestra cultura; y en José Martí no solo había capacidad de premonición sino voluntad de acceder a formas diríase que superiores de avizorar el futuro. En ese esfuerzo de arribo a la totalidad se conjugaban en él tanto un insuperado acercamiento a la verdad de las motivaciones y los destinos de su pueblo, como una cierta plenitud personal de ambivalencia entre la vida y la muerte; no de acercamiento místico a esta última sino de aceptación de su natural organicidad con la vida.

En la cima más alta del pensamiento cubano la presencia de la muerte como contingencia a ser observada y no escondida, se encuentra fácilmente asequible. Aún más, aventuro que en ello se encuentra algo más que implícito el reconocimiento como único sentido de la vida, de su aplicación a la posibilidad de trascender la muerte, en razón de una acordada convención con el resto social; aplicación ésta que comportaba de suyo la aceptación de la muerte como referencia definidora de esencias y, como esencias, alcances de la propia vida. Y todo esto nos conduce no ya a la capacidad de premonición sino, ya dentro de ella, a estados de premonición que con toda la importancia gnoseológica de los antes referidos momentos fugaces, nos acercan a Martí como a otros exponentes de la cultura nacional cubana. Al reconocimiento de la predeterminación del futuro por el presente lo cual equivale a decir del presente por el pasado.

En Martí la idea de la muerte y la idea de la historia tienden a coincidir en la aceptación de que hay tiempos dialécticos distintos, y hasta encontrados, resueltos dentro de un tiempo cósmico único cuyo espacio de residencia es, en definitiva, la conciencia de los hombres. Se acepta, por otra parte, que los ciclos de los tiempos se suceden --en virtud de puntos de cambio o giro-- al ocurrir, aquellos hechos que tienen obligatoriamente que ocurrir incluyendo dentro de este carácter de obligatoriedad los hechos de muerte; y de aquí las referencias a la muerte necesaria, a la muerte amiga. De todo ello se desprende la capacidad engendradora otorgada al hecho, al acto y al hombre como protagonista de hechos y de actos.

En tanto crea el hombre es dios y la inmortalidad como resultado social, solamente es alcanzable por la creación. En Martí hay una permanente actitud de descubridor y de creador en la cual no se distancian las cosas de la vida y de la muerte, regida por una vocación y una voluntad ética de mejoramiento. En semejante apertura hacia el saber y hacia el trascender hay un deseo de ubicuidad, de consubstanciación con todo lo existente, de resumir todos los espacios en un único espacio ocupado, de registro de la angustia, de la condena --la fatal condena--, de solamente estar donde se está, cuya expresión poética más elocuente puede encontrarse en el "Yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy" de sus Versos Sencillos.

En el deseo de abarcar en un abrazo ontológico y permanente a todo su pueblo pudiéramos aproximarnos mejor a la relación entre los conceptos de individualidad, sociedad, trascendencia y muerte. Si en la perspectiva agustiniana dios y el alma se corresponden, en la martiana la muerte y el alma se complementan en tanto el alma sale y retorna de la muerte --en una sugerencia de movimiento que no parece requerir la condición misma del fallecimiento--, permitiéndose con ello que en la dimensión del alma la muerte y la vida se indiferencien; y no encuentro mayor exactitud que esta propia ambigua indiferenciación, que alcanza tanto una teoría de la acción revolucionaria como una teoría de la belleza.

De todo ello se desprende la raigal importancia concedida al concepto de hombre único, de hombre total, de hombre resultado de los componentes propios y naturales, de hombre histórico y creador que se corresponde con la idea superior de pueblo y de humanidad y que permite apreciar, en toda su grandeza, una forma de respeto hacia lo habitual y lo corriente derivada de la certidumbre de que toda la sabiduría de la existencia, es decir de la vida y de la muerte, puede encontrarse como concentrada en un punto y en un instante cualquiera; y de nuevo aquí tropezamos con lo fragmentario y estelar.

El detenimiento del Apóstol en los detalles de los contextos, su afán de aprehender en lo comúnmente inadvertido, esa suerte de lujuria por poseer la espléndida estatura de lo pequeño, se encuentra a todo lo largo de su obra desde El Presidio Político en Cuba hasta El Diario de Cabo haitiano a Dos Ríos.

El presupuesto de que ningún espacio es conocido cabalmente nunca, ni siquiera aquél que se ocupa por largo tiempo; de que todo espacio es nuevo en cada momento, se nos presenta en esas lecturas con la recia majestad de las simples y permanentes definiciones de la especie.

Resulta curioso constatar, en el análisis del proceso de la cubanía, como en Máximo Gómez --un hombre de acción pero también de pensamiento-- la manera de asumir lo externo es, en apariencias, distinta; creo poder resumir dichas formas del Generalísimo expresando que los espacios posibles --por el simple hecho de ser posibles-- son como conocidos de antemano. Aventuro que en esta peculiar manera de conocer se encuentra una de las claves del genio militar del ilustre patriota dominico-cubano y pienso, además, que los mecanismos de adueñamiento de lo desconocido que Gómez practicaba como algo muy suyo, sobre lo cual he tratado en otra ocasión anterior, puede significar la posibilidad de conciliación de ambos criterios, el de Gómez y el de Martí, en un punto de complementariedad.

Cuando en fecha bastante temprana José Martí escribía "Es preciso que yo, puesto en mi, me vea por mí a mí mismo" estaba haciendo una solicitud de principios sobre sí que nos abarca como pueblo y a cada uno de nosotros como integrantes de ese pueblo. En la consecución de las respuestas que semejante petición comportaba y comporta, se contenían las constantes más profundas de toda su trayectoria humana formalmente cerrada en la tarde del l9 de Mayo de l895 en Dos Ríos, y se contienen todavía las cifras claves de nuestra independencia en términos de soberanía y en términos de perfeccionamiento cultural individual. En ambos casos, pues, en términos de independencia espiritual.

En él --puesto en mi, hay una necesidad de conocimiento íntimo sin condicionamiento exterior alguno; al igual que en él-- por mí, se encuentra el rechazo a cualquier opción o alternativa proveniente del como me ven e incluso de como quisiera que me vieran. Se persigue un conocimiento con los propios y exclusivos criterios de valor, cosa esta que en rigor metodológico exigía un superior estado en soledad para alcanzar un nivel consecuente de expresión libre, de autoconciencia de la propia espiritualidad.

El ejercicio de la independencia personal en su alcance absoluto, contenido en estas pocas palabras, nos remiten a una muy peculiar relación entre interioridad y exterioridad que es --en su concreta solución social-- una definición de la vida al tiempo que subyace en la base de unas no menos sugerentes apreciaciones sobre la muerte. En ese sistema de relaciones, que es también un sistema de circunstancias concurrentes en un mismo espacio metafísico, entre la individualidad y su opuesto, entre la identidad y su negativa, entre la corroboración del ser propio y su desaparición, entre lo creado y lo increado, entre lo natural y propio y lo artificial e impuesto, entre la vida como vida y la muerte como ausencia de toda vida previa a la muerte, se encuentra la clave más importante de la cultura; o al menos de nuestra cultura.

Es necesario la búsqueda de sí mismo en un reconocimiento espiritual equivalente al acto del propio engendramiento para lograr alcanzar la situación, el plano óntico, de la trascendencia posible, correlato de la visión de uno por uno mismo. Semejante esfuerzo de observación, según creo ver a mi vez, se encuentra en todos los esfuerzos humanos acumulados a lo largo de la historia por alcanzar la vinculación entre lo humano --como se haya podido presentar en cada momento-- y lo tenido por divino como se haya podido entender en cada caso.

Desde su distancia el Apóstol parece decirnos en esas catorce palabras, que quien no viva en esa dimensión de conciencia --o al menos no la haya experimentado en algún momento-- no existe plenamente.

Porque la inautenticidad se equivale a la muerte absoluta; y este es un punto en el cual Martí y los sistemas mágico-religiosos cubanos coinciden categóricamente.

Relación de notas.

[1] Coincido a este respecto con las conclusiones a que arribó, en la década del 40, el eminente historiador Gerardo Castellanos.
[2] Sigo las conclusiones periciales del Dr. Antonio Cobo, especialista de Medicina legal de Santiago de Cuba.
[3] Ver "Aproximación al Diario de Campaña de Máximo Gómez" en la revista "Santiago" #18, l975.

[Fuente: www.lajiribilla.cu/pdf/muerjose.doc ]

[Nota del editor de www.josemarti.info: Este artículo, escrito originalmente en formato Word, adolecía de muchas faltas gramaticales y de ortografía. Todas estas faltas fueron corregidas al transcribir el artículo a formato html, aunque advierto que es posible que aún queden algunos errores. La referencia número [3] que aparece al final, en Relación de Notas, no tiene señalado en el documento original con qué párrafo se corresponde]

Notas de La Sociedad Espiritista Cubana:

José Martí, considerado el apóstol de la independencia cubana, llega a Paris en 1874 donde conoce la doctrina espiritista kardeciana posiblemente a través de Victor Hugo y visita la tumba druida de Allan Kardec en el cementerio de Pere Lachaise. Estando en México en 1876 Martí participa en un debate en el Liceo Hidalgo el 5 de abril titulado "La influencia del espiritismo en el estudio de las ciencias en general", con intervenciones de representantes de la escuela positivista y de la Sociedad Espírita, donde defiende el espiritismo y el concepto filosófico de la palingenesia (renacimiento o reencarnación) [*

[*] Aizpúrua, Jon. Arquitectos de la Libertad Americana. Venezuela. Ed. Shell 2007. ISBN: 980-12-2221-2
 
Para mas información sobre los debates en el Liceo Hidalgo entre el Espiritismo y el Materialismo ver los siguientes artículos.
 
1) Espiritismo en México en el siglo XIX:
http://www.correodelmaestro.com/anteriores/2006/noviembre/anteaula126.htm
 
2)  "Morir no es nada, morir es vivir...":
http://www.vitral.org/vitral/edvitral/masluz/marti/espir.htm
 
 
Sociedad Espiritista Cubana

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